
miércoles, 26 de marzo de 2008
Un año en vuelo

sábado, 22 de marzo de 2008
tres de diez mil
Llenarían treinta veces esta sala.
La tercera parte de una ciudad así.
El estadio y la plaza en llamas y la historia.
Pero también
Irrumpirían en las casas vedadas
En los campos ajenos en las rutas arrancadas
En las calles donde ahora suenan otros.
Asaltarían los sueños para volverlos a casa
Para sacarles el quiste
De los apropiadores
Y recuperarse nosotros
Recuperarnos ellos
Volver a nuestras casas aquellas casas suyas
A la calle que hierve que vibra
La calle que es nuestra
Tres y diez mil veces nuestra
Y llenarla de pasos
de tinta y de gritos ahogados
Y buscar las rayuelas y la sangre ya negra
Y las rodillas rotas y el azar preconcebido
Y el túnel infinito y oscuro por donde se fueron
Y encontrar en la noche el camino que falta
Y traerlos de a uno, de a cinco
de a diezmiles
Porque estamos muy pocos
Y somos
Cada día más solos
viernes, 7 de marzo de 2008
Toc toc tumb tumb

Toc toc tumb tumb el corazón habla por vos. Huye de la mano independiente con dedos de púa que lo atrapa siempre siempre porque el corazón está encerrado en la celda mínima del pecho agolpado en la frontera del esternón y las costillas y la garganta y de ahí no se sale, él lo sabe. Y la garra lo apresa y lo aprieta y él siente que explota, que revienta, que escupirá toda la sangre, toda, para hacerse pequeño y que ya no bombeará más para pasar inadvertido y hacerle creer a la garra que ya murió y que las púas se vayan en busca de otro corazón imprudente que taquee sin freno. Pero la garra no cree, nunca cree y aprieta, más y más. Y el corazón fuga temerario, se escurre hacia arriba e intenta salir por la garganta y no deja respirar y sube hasta la boca que se abre pero no hay lugar, no hay puertas, no hay salida y se vuelve y cae cansado ya sin ánimo toc toc tumb tumb toc tumb y es más o menos la muerte pero no del todo.
jueves, 24 de enero de 2008
Coraje

A ver quién se banca la luz
En este preciso filamento de frontera
Comienza el día
Con su insolencia exhibicionista
Con su muestrario de pájaros
Inevitables
Con su florerío desconcertado
Empieza el día
Señoras y señores
A ver quién se toma el coraje
Entre los dientes
Para salir a despuntar una alegría
Yo, hasta ahora, me quedo con mi sombra
Apabullada
Irreverente
Sólo que no sé qué voy a hacer cuando me ataquen
esas ganas desmadradas
de reírme hasta los huesos
al violento temblor del sol
miércoles, 9 de enero de 2008
Un país

Mi cabeza trepa y erosiona
Tus vías aceitadas
Soy el resto de un país
Tengo un camino abierto en la condena
Un río violento en las rodillas
El futuro alquilado
Puesto en los huesos del día
Roto
Como los restos de un país
Y a la hora de la tregua
Estarás en el tren de la frontera
Yéndote de mis ruinas mi país
Y acaso me lleves
Y me fundes en otra tierra prometida
sábado, 5 de enero de 2008
Benteveo

Lo descubrimos en el parque. Cinco horas antes de que se acabara el año. Redondo y desconcertado. Las alas insuficientes. El pecho escandalosamente amarillo y la cresta negra con cintita blanca asomando apenas. Era un benteveo. Casi una brizna.
Estaba solo en medio de un universo plagado de peligros. Piaba y su madre, desde lo alto de los pinares, le respondía con firmeza. Pero no bajaba a llevárselo. Decretamos una muerte segura. Acaso con el último suspiro del año. Esa agonía paralela nos supo a amargas señales.
Volvimos tres días después. Había pasado la vida entera, devastadora. Las bacanales del 31, los ardores estivales, la lluvia nocturna, el viento del sur. Y él estaba allí. Sobreviviente. Respondiendo al piar altivo de su madre. Algo crecido. Con las alas en pleno intento.
“Mañana le traigo carne picada”, dijo Lucy. Lucy siempre tiene una infancia a mano. La guarda en el bolsillo, dobladita y planchada, para cuando sea necesaria. Y la saca a golpes de ternura.
Al otro día Lucy llegó con carne picada y una vasija azul con agua. El benteveo había crecido más. Ya esbozaba vuelos bajitos y tenía la cabeza en alto, preparado físicamente para volar. Supimos, por esa intuición que uno pretende certeza, que su madre se las arreglaba para armar una compleja red de contención desde el pináculo. El piar comprometido, el grito ancestral del benteveo, el de la madre judía que lo controla y le avisa, todo el tiempo, ven te veo, más los bichitos desprevenidos y alguna lombriz joven lo habían mantenido de nuestro lado.
“Mañana le traigo semillas”, dijo Lucy.
El joven benteveo, ubicado estratégicamente en un acústico triángulo de acacias, escuchaba y respondía las indicaciones del clan.
“Va a vivir”, dijo Lucy, que de estas cosas sabe. Y antes de guardarse la infancia en el bolsillo blanco declaró con solemnidad: “Uno de estos días sólo vamos a encontrar un cartel escrito con soretitos que dirá ´Gracias´”.
Nos fuimos con una alegría irreverente. Esa sobrevida inescrutable era la prueba de que los negritos panzones de Mogadiscio, los chicos de Bagdad sin Scheerezade, los patasucias de Fiorito tenían una chance en la selva del mundo. Era como verlos intentar su vuelo bajito, esquivando metrallas y obuses.
Esa tardecita volví sola. No sé por qué quise contar un cuento y creérmelo y determinar con poder absoluto que ésa era la verdad.
Lo encontré desplumado y con el pico entreabierto. Desplumado y solo. Había sobrevivido cinco días en el parque sólo con la voz de su madre marcándole los ritmos de sus pulmones y su corazón. Pero el mundo le propinó su merecido. A quén se le ocurre creer en los milagros.
Ahora no sé cómo decirle a Lucy que mañana no lleve semillas al parque.
Será como decirle que tampoco los panzones de Mogadiscio, ni los de Bagdad sin Scheerezade ni los patasucias de Fiorito.
Y temo que su infancia se me ponga a llorar.
sábado, 22 de diciembre de 2007
Muerte azul

Se quedó solo con él. Brindaron con vino rojo en la cárcel dorada de las fieras. Supo jactarse de esa ferocidad. Y el orgullo fue una fiesta cuando se la celebraron. Mañana será la sentencia. Y el juego terminó hace ya tiempo. Demasiado. Desde el estómago le suben, en estos días, tantos nombres. Se desaguaría ante los jueces para no pagar solo una boleta tan cara. Lo haría si tuviera vida mañana, antes de la sentencia.
Abre la boca corderamente cuando el hombre destapa el tubo y retira una, dos, tres cápsulas azules como el destino. Traga una, dos, tres veces. El vino rojo ayuda a pintar la muerte. El reloj apenas respira y cuenta segundos. Cansados. Fue olvidando los nombres, uno tras otro, mientras se moría.
La cárcel de los verdugos languidece en azul.
domingo, 9 de diciembre de 2007
Gelman y el Premio Quijano

-“¿La búsqueda de la verdad siempre es tristeza?” “¿Adónde fue la rosa que cantaba en mi tarea?” “¿Quién canta ahora mismito en un recuerdo sitiado?”
-Al premio Cervantes se lo entregó el Rey. Al premio Quijano lo entrega Tupac Amaru. Gelman lo recibe de Amaru.
-“¿Dónde quedaba ese país que busqué a ciegas en una canción humana?”. “¿A dónde se fue el cóncavo bar, los vasos soñadores, las llamadas por teléfono al futuro ocupado?”
-Llega un día en que Cervantes manda a callar al Quijote. Llega un día en que el monarca manda a callar a Tupac Amaru. Nadie nunca hará callar a Juan Gelman. Y detrás de él hablarán todos, como descosidos. Todos a quienes los siglos cortaron la lengua. Y será un griterío universal contra los tímpanos de la historia.
El juego en que andamos
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.
lunes, 3 de diciembre de 2007
Quiero tanto a Julio

“Ahí está”, se me da por señalar con dedos de asombro aunque tenga en claro que sus piernas largas y desflecadas no caminaron estas calles jamás. Es que en el sopor de una siesta de diciembre soñé que Julio vivía y no sólo eso: que vivía acá, a mil metros de mi casa. En Olavarría. Lo veo, juro que lo veo de anteojos, barba tan larga como el pelo que caía al azar, una camisa amplia y de mangas cortas, escribiendo a mano en un pasillo de luz. Lo soñé con calle y con número y fui a buscar, con la última imagen de la siesta, la casa que vi en la calle que vi con el número que vi. No existe, claro; la verdad suele ser vana y brutal. Pero yo lo veo a Julio de las piernas largas y la cara de pibe a los setenta y pico, y los ojos grandotes, como un muñeco de trapo despiadadamente tierno. Lo veo acá, cerca de mi casa.
Lo escucho además. Esa voltereta casual que lo llevó a nacer en Bruselas y a balbucear en francés antes que en castellano le asestó una erre gutural que nunca se sacó de encima, que yo aprendí a amar tanto como a sus ojos multitudinarios, pero que él cargó sobre sus espaldas junto con su asma, su costumbre inveterada de quebrarse huesos y su ritual de la enfermedad con que salpicó cada una de sus historias.
Lo amé yo conmigo. Sin decirle a nadie. Y ahora me entero, después de veintitrés años y medio que se murió, que vive cerca de mi casa con calle y número preciso.
Lo amé porque entrelazó y mixturó las palabras -las mismas que están en la oferta castellana para cualquiera- como muy pocos. Pero también porque era un buen tipo, un tierno irredimible y un pibe que jamás atinó a crecer, salvo cuando se estiró hasta cerca de los dos metros y no supo muy bien qué hacer con su cuerpo.
Cuántas veces escribirá “Carta a una señorita en París”, ahí donde vive, tan cerca de mi casa. Cuántas veces le dirá a esa señorita que no puede evitar vomitar conejitos: “Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco”. Cómo no lo iba a escribir una y mil veces si esa historia le sirvió para poner en palabras lo aterrador de sentir que tenía pelusa en la garganta, un buen ataque de pánico si los hay. Y se ahoga en la realidad y vomita conejitos en la carta para la señorita de París.
Le apasionaron el alma y el cuerpo tres latigazos: el boxeo, el jazz y la revolución en Nicaragua. Lo ahogaron tanto el peronismo como el asma. Del primero huyó a París. De la segunda y de sus obsesiones, logró escapar a medias en la literatura.
Pero nunca pudo exorcizar la amarga Argentina que le quedaba plantada en la garganta, como la pelusa que fue conejitos a la hora del cuento.
Julio hermanó su asma con la del Che y le entronizó una historia para él y para siempre. Le puso un poema en la batea de la Higuera y le dijo “yo tuve un amigo”. Por eso también lo amo.
Creo que se quedó aquí, cerca de casa, cuando volvió a ver cómo era la patria sin los cazadores, allá por diciembre del 83. Y la estupidez lo dejó al margen, averiguando algún libro por Corrientes, propinándole la absurda verdad: en estas tierras nada cambia. Nada cambia, Julio.
Se murió dos meses y medio después y con toda la razón del mundo. Se murió en París, como correspondía. Con una barba enorme y unos ojos enormes de holgura infantil.
Yo, que lo amé tanto, le debo una languidez de trompeta hacia el sur. Y esa certeza de que vive y está, tan cerca de mi casa, tan cerca de la quinta donde venía a restablecerse la tía Clelia.
miércoles, 28 de noviembre de 2007
Linda y agreste

Sangre joven y nueva
Linda y agreste del Paraguay
Viene morena y simple
Con ojos anchos y frente intensa
A hacer la vida y el paraíso y la ciudad
Que la espera enorme brazos abiertos color de trigo
Un sol distante de pisos altos sueños ahí
tan a la mano
Se la imagina
Rúbrica altiva de las promesas del hombre limpio
Alpaca en el dedo anteojos de noche camisa blanca
Que la llevó
Ella no sabe por qué no creerle
En la ciudad allá muy lejos la paga es buena
Los niños juegan mientras los cuidan
y ella teje una historia de niños blancos y patios verdes
y un domingo de baile sin descansar
En la cintura siente el dolor de tanto viaje
Hay a lo lejos luces ligeras
que le delatan la ciudad
Y ella viene
sangre joven y nueva
linda y agreste del Paraguay
Piensa en los niños que la esperan
Seguramente en la estación
Y se sorprende ante ese hombre
Camisa blanca alpaca en el dedo anteojos de noche
Que se la lleva sin una palabra
Hacia la boca sangrienta de la tempestad
Nunca amanece en la ciudad
Siempre es oscuro en su piel
en las horas que vienen
en el rostro amarillo
del hombre salivoso que paga por ella.
Decenas de muchachas paraguayas y dominicanas llegan bajo engaño a los suburbios de Olavarría. Prostituidas, esclavizadas y explotadas se les arrasa la identidad.
jueves, 8 de noviembre de 2007
Leviatán

El día en que se despierta el monstruo dormido es el atardecer del mundo. El monstruo vive en todos. O en casi todos. Se esconde entre el alma y el diafragma. Se cubre con los pliegues cardíacos. Se tapa la cara con el disco de angustia que suele amontonarse ahí, en el medio. Y suele despertarse cuando cualquier azar desentendido presiona la tecla acaso destinada al off eterno. Y desata el leviatán interior, el sismo transformador. Que vuelve a un hombre gris y manso un atroz lobo para los otros.
Los gaseadores del Reich, los anónimos torturadores concentracionarios de la Argentina, los degolladores étnicos ruandeses, los yankis martirizadores de Bagdad, los profesionales odiantes de judíos y negros en ejercicio del poder en una esquina sórdida o en el estado, los que laceran feroces antes de matar porque es su concupiscencia y su lujuria y su placer más rojo el dolor de aquel a quien odian por convicción o porque las circunstancias desataron el monstruo escondido entre el alma y el diafragma y se torna imparable y el más pacífico y generoso de los vecinos se vuelve engendro desbocado.
Los degolladores, los torturadores, los odiantes, aman a sus niños y entregan limosnas en las plazas públicas. Fundan clubes rotarios y sociedades de fomento. Degustan la eucaristía, confiesan y se confiesan. Y cuando oscurece en el mundo disfrutan y eyaculan con la aplicación prolija y lacerante del odio en un cuerpo desvalido.
Viven en la casa vecina. Respiran el aire que purificamos con el esfuerzo de nuestros pulmones. Compartimos la medianera. Y no sabemos quiénes son. Hasta que un día se abre el portón del abismo. Atardece en el mundo. Y aparecen los leviatanes desquiciados. Para que no olviden los desprevenidos que cualquier amanecer suavecito suele costar la vida.
jueves, 1 de noviembre de 2007
Noticias

Yo me dormí a la vera de las cosas
para no ver pasar ninguna
y no saber lo que se llora mientras vivo
Pueden salpicarme ríos de lágrimas
Rozarme llamas de desolación
Pero yo decidí morirme un rato
Desvivirme una parte
Desalmarme a pedazos
Desangelarme y desdolerme
Para que todo no me acuchille
Como el asesino en la ventana
Sólo una noticia
Sólo una habrá que me despierte
Que reines en la vida y en la muerte
Hasta que el mundo sea otro
lunes, 22 de octubre de 2007
Martha
Ella aparece a veces. Casi espasmódica. Cuando la conciencia de uno se durmió y necesita quien la sacuda hasta despertarla. Violentamente. A los gritos.
Martha reduce el mundo a un retablo. Y lo hace bien. Cuatro marionetas minimalistas pueden sintetizar la más ardua de las complejidades. Martha le pone vida y voz al demonio y le imagina hijitos que dan ternura. Martha es capaz de hacer que el mismísimo demonio genere ternura.
Martha es dura, rea y mal llevada. Escandaliza a las vírgenes, fuma porros contra el dolor que la agrieta como un sismo y es capaz de conseguir cualquier teléfono, inalcanzable para un mortal pedestre. Uno la nombra y se abren las puertas. A su nombre se paran y se quitan sombreros.
Martha detesta a la policía y a los estúpidos. Tiene un brazo hippie y uno trosco. Una pierna libertaria y una cronista. Una oreja que escucha la sangre derramada y otra para la poesía de viento.
Supe de Martha cuando vino a morirse la primera vez. Hace veinticinco años. Ella siempre viene a morirse a esta tierra de gris.
(Me atrevo a decir, contra cualquier pronóstico, que Martha es inmortal)
“Llegué a este pueblo, pregunté por sus poetas y fue como preguntar por uranio enriquecido en un supermercado”, dijo hace veinticinco años cuando vino a morirse por primera vez.
Lo que me entusiasma es que cada vez que desembarca con intención de morirse regala libros. Y cuando no se muere, como siempre pasa, después anda consultándolos en todas las casas. Masticando caramelos de dulce de leche. Y apagando puchos por la mitad.
Martha pasa por el camino de uno y lo cambia. Lo transita, lo mejora, lo escribe, lo titiritea.
Martha es un duende de voz cascada y de nariz redonda. Al que amamos rotundamente.
lunes, 8 de octubre de 2007
Espera

A la madrugada se paró en la esquina a esperar. Se calzó los anteojos a mitad de camino de la nariz. Se rascó el tobillo izquierdo con la punta del zapato derecho. Se acomodó el cuello como si fuera desmontable. Y puso su paciencia a rodar.
Diez años y veintidós días esperó. Hasta que la vio una tarde nubosa, de invierno tardío. Morena, cabellos húmedos, caderas anchas. Diez años y veintidós días viéndola crecer. A esa pequeña mujer vio morir entre sus dedos en un sueño fatal hace diez años, veintidós días y dos horas.
La miró desaparecer en un umbral estrecho. Sacudió las piernas, desentumeció el alma y comenzó el regreso a casa. Era dios: acababa de burlar el destino.
miércoles, 26 de septiembre de 2007
Niño blanco
De día es un niño negro, puesto en el mundo de prepo, atrapado por el hambre. Camina con el ombligo al aire por una ciudad donde es solo y único. Que no repara en él. Ni lo repara. El pan que lleva en el bolsillo le costó una batalla de sangre con el viejo que duerme en la ochava y las cucarachas que trepan al amanecer por la boca de tormenta. De día es un niño negro entre gente blanca. Una mosca en la nieve. Una pizca violenta que altera la armonía del mundo.
De tardecita se vuelve a casa. Sube la tapa en medio del pavimento y baja la escalerilla musgosa que lleva al intestino de la ciudad. Millones de ratas negras le disputarán el pan. De noche es un niño blanco.
domingo, 23 de septiembre de 2007
Sin semillar

miércoles, 29 de agosto de 2007
De paso
Solicitada, de Paco Urondo
martes, 31 de julio de 2007
utopía
Arácnida

Dios, la araña
(Alejandra Pizarnik)
Sutilmente
Me atrapa hilo a hilo
Tejido a tejido
Víscera a víscera
Me descose y me rearma
A su placer sin siquiera preguntarme
Si es el mío
Teje y desteje cada uno de mis pasos
Mi fatalidad y mis azares
Mi risa afronterada
Y mis lágrimas resistentes
Mis días lóbregos
Y los radiantes
Teje y desteje como los Hados
Mi sinuoso camino
Que es su bufanda
En punto cruz
Me apuñalan sus seis puntos cardinales
Me arrasan y me vuelan la cabeza
Con un golpe de tul
Dios violento y exasperante
Demonio virtuoso
Teje y reteje también
Las suaves cadenas envolventes
Que me atan a tu aliento
Araña desolada olímpica
jueves, 12 de julio de 2007
Espejo

Se levantó esquivándolo todo, como tantos días. Se le cayeron los anteojos, golpeó la cabeza con el mueble del baño, se aplastó un dedo del pie con la silla. Casi un ritual. El espejo le devolvió la misma cara pero no allí. La barba crecida, los ojos sin brillo, el pelo desquiciado, pero no allí. Era en la ochava que da a la diagonal. Esperando el colectivo de las seis y veinticinco. Lo vio pasar a los tumbos, casi desarmándose. Ruido a chapa y una luz violeta en el guardabarro. El adoquín temblando bajo las ruedas. Pero no subió. Se vio al espejo perdiendo el colectivo y supo que llegaría tarde. Se tocó la frente, apenas rozó los dientes con el cepillo, se mojó los ojos con la yema de los dedos y siguió mirándose al espejo, firme en la ochava.
Se sentó en la cama, se ajustó los pantalones, se calzó los zapatos con dos medias distintas y antes de descolgar las llaves e inclinar el picaporte se miró otra vez en el espejo. Ya no estaba. La ochava era una llanura escarchada. Contra la pared, envuelto en un ejemplar del Clarín domingo, alguien dormía inexplicablemente. Apagó la luz del baño y cerró la puerta. El espejo dejó de mostrarle la vida como una ventana. Y él se fue a buscar la diagonal sabiendo que el colectivo pasaría de largo, justo como la vida.
El frío era un cuchillo filoso que cortaba la penumbra. Llegó a la ochava cuando el hombre se despertaba. Tenía la barba crecida, los ojos sin brillo, el pelo desquiciado. El colectivo pasó a los tumbos, casi desarmándose. El se tocó la frente, se quitó el suplemento deportivo de la espalda y vio al recién llegado que lo miraba. Como delante del espejo.
miércoles, 4 de julio de 2007
Ariana
Ariana había nacido en un cobijo de piedras, sobre la cumbrecita. Cuando la comadrona le cortó el cordón con la tijera de la esquila, le vio el lunar ambiguo en la panza y murmuró, como para sí misma: "cuando ésta se muera, un pedazo del mundo se va a venir abajo". Su madre ni se enteró. El dolor de la vida era una cuchillada entre las piernas. Pero al hijo menor de los Lozano, que espiaba detrás de la puerta de lana cosida, se le grabó para siempre. Se convenció, en la atadura de su infancia, de que esa parte del mundo sería la suya. Y su parte del mundo era el pueblo. Donde había llegado a esta vida y de donde no pensaba irse porque la gente no se va de la tierra donde respira el primer aire. Entonces lo repitió de por vida, de boca a boca, como una maldición heredada que debía transmitir para que no le arrastrara la voluntad al infierno. Repitió que cuando Ariana se muriera al pueblo lo borraría un cataclismo. El abuelo Lozano transmitió solemnemente en una reunión de la caja de ahorristas postales que a tres pastores una mujer que bajó de la sierra les había hablado de la maldición de Ariana en el recodo de la casa del nacimiento.
Los leñadores que precipitaron la primera huelga del siglo repitieron en el sindicato que la voz del monte –la que aparece cuando el cielo se afiebra y suspira fuerte- había comunicado al pueblo que la muerte de Ariana traería un tiempo aciago a la vecindad.
Algunos hicieron constar en actas la profecía. Y la dejaron grabada en fuente de plata en el recibidor del Registro Civil.
Ariana creció con mil ojos que la custodiaban con recelo. La arropaban en invierno contra la pulmonía. Se echaban al piso para cuidarle las caídas. La defendían con bala y cuchillo de los merodeadores. Le asestaban perros guardianes al paso.
Y vivió. Como de prepo, aunque sin ganas.
Toda fiesta le estuvo vedada. Alcohol y navajas acechaban las madrugadas bailantes. Un solo hombre la amó pero un día se fue del pueblo, sin confesarle los tumbos de su corazón. Le dejó un perro azul que en una noche de rayos y perjurios amaneció tieso, quién sabe por qué veneno alucinado.
Cuando cumplió cien años la esperaron en la plaza con pañuelos rojos, torres de cacao con un velamen de cien llamitas en los balcones de harina y manteca, frascos de suero y píldoras para el dolor, jengibre y gingko biloba para la vida, paños fríos para la cabeza y un sillón colorado y mustio para sus huesos. Ella apareció encorvadita y atada a su chalina verde, se sentó en un banco de cemento y comió las galletas de arroz que traía en su bolsa de plástico colgada de la esquina del brazo. Nunca se casó: nadie quiso correr el riesgo de que Ariana se le muriera en casa, en su cómplice compañía. Y cargar ante la Historia con el desastre por venir.
Todos la miraron fuerte el día en que cumplió cien años. Era edad para la muerte: nadie vivía tanto en esas tierras donde castiga el viento y la fiebre ataca como si fuera un lobo, al cuello de los atolondrados. Más de cien, imposible. Acaso ella muriera ese mismo día. Y la furia del destino contenido se descargaría sobre ellos.
Ella se quedó sólo minutos en su cumpleaños. Olió, miró, escudriñó, sintió que la piedra donde estaba sentada le calaba los huesos del trasero, se levantó, alzó la nariz a modo de saludo y se volvió a su casa. Un cuartito pintado de marrones que se oscurece con la noche y donde toda luz y donde todo calor viene del sol. Sólo del sol.
Se lavó la cara con aceite de legumbres y se la enjuagó con agua bien fría. Se cubrió con la frazada donde se aletargaba el perro azul y se durmió como para siempre, hasta la primera luz del otro día. El mundo seguía en pie. Y ella en el mundo.
El pueblo no pudo caminar igual el resto de los años. Amanecía con el ardor de que ése podía ser el día. Y se dormía con el terror de que mañana se descolgarían desastres de la cumbre. Pero los tiempos pasaban como trenes, como locomotoras cansinas por la larguísima vena del valle. Los días no se acababan nunca. La vida parecía de una promiscua eternidad. Un agravio. Una desnudez fláccida. Un porvenir siempre cercano y caído, como el andar viejo de la vieja Ariana.
Era extraño el tejido crepuscular de la historia del pueblo. El paso del tiempo no sólo no adelgazó el mito, sino que lo volvió sólido y brusco, como un bronce en su pedestal.
Nadie comenzaba el día sin preguntar por ella. Nadie respiraba en paz si no la veía correr hacia fuera las dos hojas de madera cruda de la ventana. Donde penetraba con osadía un rayo de sol ataviado de polvillos y sopor de la noche. Estaba viva. Era un día más.
Aquella mañana el renovador de garrafas se despertó sobresaltado. Descargó el primer tubo en la farmacia y le dijo al boticario "creo que hoy cumple 107". El hombre se persignó y se tragó cuatro aspirinas con medio vaso de jugo de naranjas. En quince minutos el estómago escupía fuego y él echaba maldiciones contra el aniversario.
Se corrió como una llama empujada por la ventisca. Cumplía 107 años. Y en la piel de todos se sentía que era definitivo. El cielo había amanecido con un rojo brutal y mantenía una estrella viva, allá al fondo, como una señal.
Ella amaneció como todos los días y salió a la calle de los vértigos y la ansiedad. Despacito, fue hasta la esquina a buscar el pan caliente que la esperaba todas las mañanas a la misma hora. Lo envolvió en un papel marrón, lo deslizó al fondo de su bolsa de plástico y desandó el camino hacia el café grueso y negro que la esperaba en la mesa redonda de tres patas mirando hacia la ventana. Comió, bebió y se enfrentó con el viento que golpeaba contra el piletón. Lavó dos sábanas de percales y las colgó trabajosamente del olivo. Había dejado de recordar sus años hace tiempo.
Cerca del mediodía escuchó el motor en la calle y un rumor de gentío. Asomó apenas y los vio. El pueblo entero desbordaba su cuadra alrededor de un coche largo, cubierto de coronas de calas y crisantemos. Una cruz dorada brillaba en la luneta y llevaba su nombre. Gritaban por ella y salió, asustadita y sola, al último umbral. La multitud la tomó en andas y la sentó en un sillón de terciopelo rojo y patas felinas en medio de los ramos de claveles crepeados por la helada. El coche arrancó lentamente y detrás diez lloronas ataviadas de riguroso negro, las caras cubiertas por velos de tul, gritaban de dolor hincándole a la vida porfiada una muerte que no quiso llegar a la fiesta. Centenares de niños peinados hacia atrás marchaban pateando pedregullos y los hombres y las mujeres derramaban plegarias en las veredas mientras la complicidad de las acacias dejaba caer hoja tras hoja a los pies de los peregrinos.
Una hora y cuarenta y dos minutos tardó el cortejo en arribar a las puertas celestes del cementerio viejo, los muros descascarados y un Cristo manso que ya no escaparía nunca más de la piedra. El coche se detuvo en los confines de la muerte, donde las tumbas desaparecían tras la altura de los pastos y de la memoria sólo quedaba una absurda rosa de plástico prendida con alambre a la nada.
Diecisiete hombres bajaron el sillón de terciopelo rojo y patas felinas con ella sentada en la felpa, los brazos apoyados en la madera y la chalina verde apretada para que el viento no le conversara los huesos. La depositaron sobre una losa de cemento y, uno a uno, fueron bajando los ramos y las coronas. Las calas despedían alientos amarillos y los crisantemos se sintieron como en su casa. Clavel tras clavel la rodeó la primavera mentirosa de los cementerios y las flores la cubrieron hasta la cintura. Una oración comenzó a elevarse como de la tierra y pronto estaba puesta en la boca abierta de todos, rogando a gritos por el alma del que muere.
El amén marcó el repliegue del gentío que poco a poco le dio la espalda hasta ir desapareciendo con una polvareda discreta. El sol se iba acostando tras los muros, seco como la tierra seca por la lluvia que no llega.
Se acomodó la chalina y se asestó un clavel en el pecho. Oyó el metal de los portones y se aprestó a dormir, con el sabor nebuloso de la inmortalidad.
jueves, 21 de junio de 2007
Revolución
En medio de las medallas y las azucenas
Una soledad tan sola
Que se vuelve
Miles de agujeros en el cuerpo
A veces pasa por este río
Un clavel decapitado
Pasa un cordel
Lenguas tendidas calladas secas como huesos
La revolución es un dedo que apaga el sol
En el pubis de la luna
Estalla un orgasmo universal
Y un centenar de desclasados
Le clava al Dueño de las Cosas
Una rosa por la espalda
El amor es una monja en celo
Una prostituta con los pechos en clausura
Se apretará una vez
El gatillo de la noche
Y caerá la muerte malherida
Para que amanezca.
sábado, 16 de junio de 2007
En el camino
Se achica y se clava contra el infinito
Cuando uno dispara los ojos adelante.
El camino es eso
Camino.
No llega, no alcanza, no toca, no abraza
Sólo enlaza y lleva, un segundo, mil años, toda la vida
Sólo enlaza y arrastra
Sólo enlaza y remonta y alza y rueda y sopla desquiciado
Un cuerpo o dos por los arrabales del mundo
II
Yo suelo aferrarme al camino
O a los caminos
Que me atrapan y de un brazo y del otro
De un alma y de la otra
Tiran y fuerzan
Tupamaramente
Hacia el infierno del norte o el infierno del sur
Hasta el desgarro
Como debe ser
III
Yo suelo entregarme a las serpientes
A la araña sagrada
Que me teje la pasión todas las noches
Ellas me aman y me envenenan
Me hacen el amor y me estrangulan
Me abufandan de telas sinuosas
Me asfixian la cintura ofídicamente
Me acarician con lengua partida en dos
Y me traga una boca
Única
Universal
Iniciática
Bruja
Pero que no es araña ni serpiente
Es el pasadizo secreto
Por el que se llega a un corazón
Que traté de descubrir a tientas
Poco antes de la ceguera
miércoles, 13 de junio de 2007
Hoy
Hay que despertar
Fluye la pesadilla
Como un chorro de huesos
Hay muertes solas blancas vacías
Con la vanidad del desterrado
Jazmines amarillos de ojiva nuclear
Que cavan en el mundo heridas eternas
Dientes de cuajo
Que sangran en las vidrieras
Hay que despertar
Del sueño encarnizado
Que aprieta la garganta
Que encadena las piernas
Que arroja al abismo
Llueve pavor sobre los hombros
Empapa el pezón del alba justo a la hora de nacer
Con la perversidad del lobo
Y devora la boca
Con la que había que gritar
Hay que despertar
Por el espejo se desangran
Las ojeras de la mañana
Cosmogonía de esta noche
Filo fatal
en las venas de este día
martes, 29 de mayo de 2007
Frío

Mayo baja el sol a puñetazos
tajea la piel con cuchillos de hielo
apaga los fueguitos de los pobres
arrasa los naranjas
y siembra un gris empañado
en las piernas del sur
Mayo viene de muerte
de alocada intemperie
mata un viejo en la noche
y la lengua de un niño que tose
que tose y tose
en la humedad de la nada
Quiero un planeta de fuego
un plato de sopa sin confines
donde nadie se muera de frío
viernes, 18 de mayo de 2007
Espinas
Hay un planeta en el medio, en las axilas del desastre, en los pliegues del diluvio. Entre las espinas hay un pibe que desea una torta de azúcar y arroz. Y la toma. Con la otra mano, la que no sostiene la bayoneta. Es niño y duerme con un oso de lana las noches en que puede dormir.
En medio del fuego hay un gato de bigotes chamuscados. Es negro y tiene unos impactantes ojos verdes. Almuerza los muslos de un chimango malogrado. Y cuenta los minutos que vive de más. Entre las espinas y el fuego.
Dicen que hay un planeta en el medio. Un rincón impensable donde hay vida.
La guerra de todos los días, la guerra del calentador de llama mínima y el café sin café y el agua sin agua, es para conquistarlo.
Sólo hay que salir vivo.
viernes, 11 de mayo de 2007
Luciérnagas que tocan jazz
de todas tus noches,
con luciérnagas que tocan jazz
más allá de las doce,
y en la media luna,
junto a los sueños que acunan
los niños dormidos de Katmandú.
Lo que ofrezco no es mucho,
apenas unas luces
que sobrevuelan, en silencio,
el aire de esas líneas
que se curvan con la forma
exacta de tu nombre,
y los modos de tu cuerpo.
Así reinas en la cercanía
de la república de las distancias,
agasajada por mi pensamiento
que te viste con seda de arena,
y que te desnuda como se desnuda
el agua cuando sólo quiere ser mar.
Te deletreo como a la palabra única
que quiero aprender a escribir,
te reivindico, me reivindico,
y te reclamo desde la ventanilla
cerrada de un billete de estación,
y te digo, y te cuento,
y también escucho, a veces,
con ojos de contrabando,
las historias del mundo que calla tu voz
Pokito Chus, desde España
Esto
la vida
el desquite fatal de un Perdedor
la revancha atroz
de un Derrotado
había sido esto
un huracán con ojo
dientes
úlcera
y tumores
una indiecita desclasada
un lumpen de la guerra fría
esto había sido
la vida
un déspota en decadencia
más estúpido que feroz
un destino dibujado
por Alguien
muerto de aburrimiento
un lápiz faber
en el planeta web
esto
la vida
una denuncia
en las costillas de un policía
un escupitajo
en la solapa del juez
un barrote
en la sábana de la libertad
esto
la vida
un gesto solidario del infierno
una victoria
un segundo después
de la bomba atómica
un estornudo de Dios
un dolor
austero
en la cintura trágica del universo
jueves, 12 de abril de 2007
amanecer
Muestra los dientes en la puerta.
Y arranca las piernas del mundo cuando apenas asoma.
El santito
Lo peor es que todo comenzó cuando debía terminar. Cuando el Julio se calzó la gorra a cuadritos y con visera, se montó en la bicicleta y se lanzó a la calle sin mirar. Había olvidado enganchar el broche a la botamanga para que no se le enredara la vida en la cadena negruzca y engrasada. La pick up del almacén lo levantó por el aire y cuando bajaba, la cabeza le rebotó en el guardabarros, se abrió en dos y sembró de sesos el macadán para que alguno se resbalara con sus pensamientos cualquier rato de éstos.
Ninguna ciencia fue capaz de cerrarle la cabeza al Julio, de cosérsela hermética, de reconectarle los cables hilo por hilo, hasta volverlo a la calle como si nada. Por eso se quedó ahí, en una sala oscura, más muerto que vivo pero vivo. Con el corazón firme y latiente y el cráneo rajado, con la razón chorreada en el guardabarros de la camioneta del almacén, puesto en la antesala tenebrosa de todas las muertes. Pero vivo.
Sólo fue preciso que Manuelito pasara por el hospital ardiéndose la sarnilla virulenta y que ya en la esquina no le picara más para que todos le empezaran a rezar al Julio. Lo habían dejado en un rincón, con un suero pinchado en la vena más gorda del brazo, con la cabeza apretada de vendas para que no se le abriera, esperando que la muerte se hiciera cargo hoy o mañana. “Está descerebrado”, había sentenciado un médico solemne cruzado de brazos y con esas dos palabras lo enterró definitivamente. Pero el corazón se empeñaba en bombear, como en un capricho de autonomía que no podía durar tanto. Nada agota con tanta furia como la independencia. Y ese músculo porfiado no podía andar mucho por el mundo sin cerebro regente. Es lo que pensaron. Pero no lo que sucedió. Porque el Julio siguió viviendo tozudamente, con la cama arrinconada en un esquinero, ocupando un espacio que necesitaban los vivos en serio y él lo usurpaba, vivamente muerto.
Sólo su madre acompañaba, con las rodillas en el cantero desflorecido, rezándole al diosito de los anónimos para que lo resucitara. Para que el Julio saliera una tarde de ahí, con cara de no haber sido, atándose la botamanga con un broche de madera para que no se le enganchara la vida en la cadena negruzca y engrasada de la bicicleta, la que quedó torcidita en el patio para siempre, como un esqueleto morido y muerto, marrón de herrumbes.
Y fue que Manuelito pasó por ahí un mediodía con la bolsita amarilla del pan, rascándose la sarnilla virulenta que le bajaba de la cabeza al cuello y del cuello al portón interior de las nalgas y le ardía como fuego y cuando la vio a la mujer, rodillas negras, rezando, murmuró ‘ay Julito, hacé que se me cure la sarnita’, y cuando llegó a la esquina no le ardía más. Salió a contarlo a los gritos, el Julito me curó, decía y todos le creyeron como a una biblia abierta, como a un predicador de maravillas.
No fue necesario que pasara una legión de horas para que tullidos y picoteados y locos y temblequeantes fueran llegando despacito con sus muletas y sus ortopedias para arrojarlas por el aire a la hora del milagro. Los pastos del parquecito por donde se accede al hospital se llenaron de orantes, de mujeres regordetas rogándole al Julio que los maridos se levantaran de la cama para trabajar o que fueran expulsados de las tabernas para siempre. De viejas con caras surcadas de amargura murmurando por el hijo preso. De hombres de piernas paralizadas pidiendo caminar. De ciegos desde el útero exigiéndole al Julio que les pusiera los ojos con luz.
Al rato, no más, se montó un carrito de maíz inflado en cada esquina, una mesa de salchichas calientes y un par de ferias donde los fieles se llevaban por un solo peso bolsitas de alhucema, lazos rojos y velas al tono para prodigarle al santito.
El Julio no se enteraba de nada. No había sido nunca de esos parias queridos por medio mundo. Todo lo contrario. Demasiadas veces había transitado el camino veloz de la ruindad. Solía escupir veneno por el agujero de su canino derecho ausente. Y jamás le prestó a nadie la bicicleta.
Pero ahora estaba puesto en una cama gélida, tapado apenas con una sábana amarillenta, con el suero soplándole una gotita de vida hacia dentro, con la cabeza rota y el cerebro desparramado dios sabe por qué calles y por qué suelas de qué zapatos. El, que le curó la sarnilla a Manuelito e instaló la milagrería en el pueblo de un día para el otro.
Sabina fue la que tuvo que hacer callar a su niño cuando, en plena oración vespertina, se atrevió a revelar pero mamá, si el Julio no era tan bueno, no importa, para ser santo no necesitás ser bueno, te basta con hacer un milagro, y ahora callate y rezá.
La ventana que -sabían- llevaba a la habitación del Julio se pobló de rosarios, ramas de laurel, flores secas, tarjetas derramadas de peticiones, fotos de enfermos y de perdidos y de muertos, por las dudas. Pequeños papeles sudados y enrollados con cruentas confesiones, hilos rojos colgados de las rejas, imágenes de santos y una camiseta del Julio que la madre enganchó de un fierrito clavado en la pared y que fue inmediatamente elevada a la categoría de objeto sacro e intangible.
Catorce meses y veintidós días estuvo muertamente vivo en ese esquinero hospitalario con el suero goteándole como si fuera la eternidad. Se murió el mismo día que Manuelito se cansó, se levantó, se limpió las rodillas y empezó a caminar, rascándose como siempre la sarnilla en la cabeza y con un ardor de infierno en el portón interior de las nalgas. Se fue escuchando la plegaria murmullante de todo el pueblo hincado en el hospital. Se arrancó una cáscara del cuello y decidió que no valía la pena estar ahí rezándole a un moribundo.
Y además, no se lo merecía.
